sábado, 15 de marzo de 2008

Los guardianes de la biblioteca (Nicolás Gramajo)

-Buen día Diógenes- rutinario pero sentido y sincero saludo diario.
-Buen día Roberto- la respuesta de siempre, nada nuevo, lo mismo de hace diez perros años, aproximadamente.
-¿Cómo dormiste? ¿bien?-
-Si, bien; bah… bien, como siempre, ¿qué se yo?- contesta Diógenes, casi por inercia y para terminar el tema, suele levantarse de mal humor.
El día era gris, y Montevideo ya no estaba en ayunas, habían pasado unas horas del supuesto amanecer y los ojos hinchados.
-¿Sientes este aroma a humedad?- preguntó Roberto mientras hacía un royo con la frazada. Sin esperar respuesta prosiguió, -Cuándo yo era pibe, vivía a las afueras de Montevideo, en una casita bastante precaria pero acogedora, y los días como hoy, después de la lluvia, el olor a humedad era otra cosa, era olor a tierra mojada mezclado con el olor al horno de ladrillos donde trabajaba mi padre. ¡Que lindas épocas! Que rico que era ese olor, inolvidable. Como las escapadas a jugar en el barro con algún otro niño del barrio, sin permiso ni limites estrictamente establecidos.
Un poco dormido todavía, Diógenes escuchaba sin muchas ganas, solo por el respeto que se tenían, sin emitir ni un solo sonido.
-Lo que pasa es que todo era otra cosa para aquellos años –siguió Roberto-, la gente, las costumbres, todo.
-Che, “Negro”, ¿y si en vez de seguir poniéndote melancólico, te dejas de contarme historias que ya se de memoria y vas a buscar un poco de agua caliente?, te lo agradecería, tengo bastante frío. Mientras tanto voy despertando a Alonso.
-Dale, despiértalo, y saca un poco de yerba nueva de mi bolso para ponerle al mate.
Los estudiantes pasaban arqueados y los oficinistas y profesionales desfilaban sus trajes y corbatas por 18 de Julio, apoyándose en sus paraguas cerrados como bastones. Tristán Narvaja moría como río que desemboca al mar, los autos, las bocinas, la gente, atravesando la ciudad, apresurados, imparables.
Una gigante bola de ruidos que se tornan indescifrables por separado. Sirenas, bocinas, gritos, vehículos, maquinas, voces y campanas que opacan a los pájaros y al viento, haciéndolos imperceptibles.
-“Negro”, esto me está preocupando, le hablé, lo sacudí, y nada.- dijo Diógenes, con la voz entrecortada y con miedo.
-Lo que pasa es que tomó demasiado anoche. Se lo veía un poco triste ¿no?- sin dar espacio, sigue, -está cada día mas loco ¿no te parece?, esos libros se le subieron a la cabeza, pero no te preocupes, ya va a despertar, capaz que es peor si lo despertamos, quién sabe con que delirio nos puede salir.
Diógenes calla, lo mira unos segundos, con el ceño fruncido y un poco de desconfianza, y pregunta, -¿hace cuanto que está aquí? ¿un año? ¿dos años?, sinceramente no lo recuerdo, ¿tu sabes algo de su vida, su pasado?
-Eh… déjame pensar, -se toma unos segundos con la mirada perdida y sigue, -hace dos años que está aquí aproximadamente, y se muy poco de el. Se que estudió una carrera universitaria, de la que le faltaron un par de exámenes para recibirse; ahí fue que se casó con quien fue su esposa durante siete años, fundaron un negocio, les iba bien, y de un momento a otro ella lo corrió de la casa con lo puesto. Se encontró solo, sin amigos, ni esposa, sin comercio ni voluntad, sabes a que me refiero. ¿Juegas un ajedrez?
-Si, juego, pero esta vez arma tú el tablero y cuéntame como le dio este amor por los libros.
Roberto repite la mirada perdida y pensativa, y tras unos segundos, ya ordenando las fichas, -Mira, el llegó aquí con un libro grueso, amarillento y sin tapas, después de un tiempo creo que lo cambió por un par de libros más finos, y poco tiempo más tarde se volvió algo compulsivo, ya no comía, no hacía nada más que leer y hablarle a los monumentos de Cervantes y Sócrates. En sus locuras les habla de defender los libros, protegerlos de supuestos enemigos, hasta el punto de utilizar algunos como almohada y dormir abrazando otros. Durante un tiempo relativamente corto mantuvo charlas con aquel joven artiguense ¿lo recuerdas?, buena gente ese muchacho, se merecía algo mejor que esto, pero le vendieron la historia de que aquí conseguiría trabajo y eso, pero era mucho mas complicado de lo que pensó, además extrañaba a sus hijos. Mueves tu Diógenes.
-Si, lo recuerdo, y no me apures, déjame pensar. ¿Y por que no se consiguió otro trabajo, o termino la carrera Alonso?
-Y… no se, quedó muy mal después de la separación, quedó bastante loco y con el tiempo esa locura se le fue incrementando, lo que pasa es que la calle o te mata o te enloquece, es extremadamente difícil salir después…
Diógenes interrumpe bruscamente, -¡Jaque!, y contéstame una pregunta más ¿nosotros estamos en vísperas de morir o de enloquecernos?
-Vaya uno a saber mi querido, un poco de las dos, supongo.
-¿Y si vas a despertarlo?, ya es casi mediodía.
-Ya te gano y lo despierto.
-Imposible, ¡Jaque mate!, te gané otra vez Robertito, yo que tu sigo practicando. Y anda a despertarlo.
-Mierda. Voy a despertarlo y después salgo a buscar algo de comer.
-Eh… Diógenes… ven a ver, creo que no está respirando- su cara se transformó, era la de un niño extraviado en medio de una feria, un aire frío lo abrazó y le corrió por la espalda.
Sigiloso y con miedo Diógenes se acercó, lentamente. –No respira –confirmó -¿y ahora que hacemos?
-No se, desde que duermo acá nunca se había muerto nadie, no se que hacer, a quien avisarle. Pobre Alonso, debe haber sido el frío de anche.
-Avisa aquí, en la biblioteca, yo iré a buscar algún policía.

-¿Cómo que no está identificado? Se llama Alonso.
-¿Y su apellido?
-No lo se, pero debe tener algún documento, no es un hombre que haya vivido toda su vida en la calle, estudió, estuvo casado, tuvo un comercio, señor oficial.
-Pero entiéndame, no podemos hacer nada, como mucho estará unos días en la morgue esperando que alguien venga a reconocerlo, más que eso no podemos hacer.
-¿Y en el caso que nadie vaya a reconocerlo? ¿Qué sucedería?
-Y… sería un indocumentado, un anónimo, estaría en una morgue y posteriormente se utilizaría su cuerpo para experimentos y prácticas de estudiantes.
Un escalofrío cortó el aire, la idea de ver a Alonso siendo abierto para estudiarlo y luego tirarlo como un maniquí de plástico, revolvió su estómago y su mente, para Roberto, su presencia allí, aunque breve, fue trascendente, aunque fuese una amistad silenciosa y un poco fría se sentían bien sabiendo que el otro estaba allí, no podía dejarlo así y preguntó que era necesario para que fuese enterrado dignamente, en una tumba que llevase su nombre y la respuesta lo desalentó, le quitó toda esperanza, era demasiado dinero el que debía conseguir.
De pronto vio como Diógenes extrajo de su bolso un alto de billetes prolijamente ordenados y los puso sobre el banco, -no era más que un loco, pero tu lo querías, y creo que nadie se merece una muerte así, todos debemos tener donde caer muertos, donde descansar nuestro golpeado cuerpo cuando pasamos a mejor vida. Tómalo Roberto, él lo necesita más que yo, más que tu, más que nadie.

-Solo nos quedó su “Don Quijote de la Mancha”, su libro grueso, amarillento y sin tapas. Nunca lo cambió. ¡Que loco que estaba!
Un gris epitafio tallado en la piedra de su tumba decía:

“Querido Alonso,
amigo y guardián de las letras
entre Sócrates y Cervantes estarás,
luchando contra grandes molinos
con dientes y uñas.
Sé feliz en tu viaje,
Diógenes y Roberto”

-¡Cada vez estamos más solos, Diógenes!
-…Y más tristes…
-Que loco que estaba ese Alonso- dijo Roberto mientras le daba un hueso de comer a su flaco perro, Diógenes.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Como quien muere dormido (Nicolás Gramajo)

Me voy, si, me voy,
pero me llevo conmigo
una gran colección de
noches, lunas, constelaciones,
amaneceres y besos,
en la puerta de tu casa.

Inolvidables noches
donde no nos decíamos
ni una sola palabra.
El cielo, tu y yo
en una silenciosa orgía.

Llegó la hora de partir,
sin emotivas despedidas
ni pesado equipaje,
un simple adiós.
Cargado solamente
de incontables imágenes
tatuadas en la retina,
para la eternidad.

Te dejo mis libros,
mis discos, mi ropa
y un millón de besos
para que me recuerdes
cada vez que abras tu biblioteca,
tu aparador, tu armario
o tu boca.
Ahí estaré, en tu memoria,
guardado en tus cajones
para cuando me quieras recordar.

No me pidas que te escriba,
no me pidas ni mi teléfono
ni me dirección,
me puedes encontrar cuando tu quieras,
entre el sístole y el diástoles
de tu corazón,
justo en la esquina de
las calles Recuerdo y Memoria.

Ahí estaré cuando me necesites,
cuando te sientas sola,
cuando te sientas triste
cuando no te puedas dormir
o cuando te seas feliz
y quieras brindar,
a toda hora.

Así que me voy,
apagando las velas
que ya salió el sol,
me voy, para no volver,
como quien muere dormido,
en un eterno silencio,
me voy, me voy,
me fui.

Dancing to the beat of jazz (Nicolás Gramajo)

So close to me
that i can hear your breath
although i can’t see you.
I can feell your shadow
behind me,
but when i turn back,
there is a whole lot of nothing.

In a dark corner,
avoiding the red lights,
i heard your voice in the next table,
but was just a saxophone’s whisper .
I see your sad eyes looking for something
in the middle of the emptyness,
but were just a pair of candles
burning the rest of my hopes.

With the smoke
dancing at the beat of jazz
i felt your smell on the beer.
And putting this napkin
in the pocket suiti go away,
as far as i can,
kicking little stones,
submerging in the deep, black night.

28800 ("Sancho Panza")

Sentado frente a mi tumbra de madera rectangular observo
blancos fantasmas deambulando frente a mi
no es el mal quien los hace seguir su rutina diaria
es la necesidad de más poder la que los empuja
blancas paredes me aprisionan, me encierran
se acercan hacia mi cada instante que pasa
cada segundo que muere a mi lado cae como un puñal en mi espalda
la ansiedad me gana y ya no puedo esperar a conocer el mundo
el exterior se ve tan fácil, tan disfrutable, tan lejano
y es que estoy dando mi tiempo a un fin que no lo vale
y es que estoy entregando mi juventud a gente que no lo valora
y es que la vida se me pasa mientras los chanchos se enriquecen
de nadie es la culpa, de nadie el error, es una vieja costumbre
tan odiosa, tan vulgar, obligacion de lo que no tienen
elección de los que le sobranes la vieja costumbre que nos martiriza en general
que dura mínimo ocho horas y se llama trabajar
sancho panza

sábado, 26 de enero de 2008

Ceja (Martín Cedrés)

adiós ceja
ahí te va esta voz
que se aleja con vos
adiós ceja

que tus piernas tiemblen lo demasiado
como para encontrarte incapaz
en la calle empedrada de malas compañías…
anda nomás

decí que con túnica
fuiste niño y aspirante
a la buena educación
decí que la blanca pasma

te sacudió los miembros
y te lanzó al túnel rojo de tus miradas
a la turba cuadra
de tus andanzas

andá ceja andá
perfílate con el humo
y tiembla demasiado
así la pena se acuerda

de que algún día
fuiste verdadero
y que no hubo faso
que no hubo

adiós ceja
ahí te va mi voz
olvídate del abrazo
no hay nada más para vos

viernes, 25 de enero de 2008

Verde (Nicolás Gramajo)

Verde como las notas
en la botella del náufrago,
verde como las poesías
en las paredes de la prisión.

Verde como un niño
en un orfanato,
verde como el amor,
como los sueños.

Verde como un carrera,
como el próximo libro,
verde como el día de mañana,
o los estómagos desnutridos.

Verde como la carta del exiliado,
como las putas en el cabaret,
verde como la familia de los desaparecidos,
como un niño en Navidad.

Verde como las caricias
en el vientre de una embarazada,
verde como la revolución,
como el llamado que nunca llegó.

Verde como las alianzas
y las noches de bodas,
verde como la ciencia
o cualquier religión.

Verde como un enfermo,
como un loco, o como yo;
todo se pinta de verde,
el último color que queda en mi paleta.

Blanca Margarita (Nicolás Gramajo)

Es amargo el polen amarillo
que llora la triste margarita
mientras se ve morir
adornando un florero,
con los pétalos arruados y recogidos,
queriendo así abrigar su centro,
como quien cuida un hijo.

Mirando hacia un costado,
viendo a sus hermanas morir
sin poder hacer nada,
sufriendo su impotencia
y viendo pasar las pilas del reloj
en la habitación desolada,
esperando su cercana
e inevitable muerte marrón,

mientras recuerda su pasado
en el jardín de las maravillas,
dándole los buenos días
al sol y la tierra,
a sus bichos y pestes,
alimentando abejas y picaflores
que osaban chuparle la sangre.

Prefería morir sola
o antes que las demás,
pero no quiere seguir cargando
con tanta muerte en sus ojos,
prefería morir inventando
la buena o mala fortuna
de un ingenuo enamorado,

pero no agachando la cabeza,
colmándose de pliegues,
suicidando su belleza
sin testamento ni legado,
sin descendencia ni fuerzas.